Jacinto Lacebrón Guzmán, joven Mártir de la Patria – por Juana Bosio Perrupato

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“Nuestros IDEALES son aquellos que dan sentido a la vida cuando se vive por ellos y los que dan sentido a la muerte cuando se muere por ellos: DIOS, PATRIA y FAMILIA.”

Hugo Wast
Ahora estoy en las trincheras
dando la cara a la muerte,
si caigo, sólo lo siento, madrecita de mi alma,
porque no volveré a verte.
Pero se que si me matan,
en la tierra en que yo muera,
se alzará como una espiga,
¡¡roja y negra!!
con la pólvora y la sangre, mi bandera

El 17 de agosto de 1914, día en que se recuerda a San Jacinto, nació en Mendoza Jacinto Lacebrón Guzmán. Don Modesto Lacebrón y doña Rafaela Guzmán le dieron el ser. En su ciudad natal cursó sus estudios primarios, ingresando luego en la Escuela Normal Nacional, de la cual egresó en 1932, con el título de maestro. A sus 18 años, decidió viajar a la Capital de la República Argentina para estudiar en la Universidad de Derecho y junto con su hermano, Tomás, en 1934, se alistó en la recién nacida “Legión Nacionalista”.

En la Legión, Jacinto se ocupó de varias actividades. El aire de su tiempo que  muy poco tenía de pacifista, era, en cambio, profundamente epopéyico; la lucha, las pasiones, la conquista de espacios, se respiraban en la realidad cotidiana. El joven héroe desarrollaba y pulía sus dotes como orador, ya que eran comunes las tarimas de prédica y combate en las esquinas, además llevó a cabo diferentes tareas de milicia, formando parte de los grupos especiales con los que contaban los sectores políticos.

Acostumbrado a defender los asuntos de la Patria en las calles, Jacinto, conocía los peligros y los imprevistos que podrían llegar a cruzarse en su camino. Su muerte no lo tomó por sorpresa, aunque no se produjo en ninguno de aquellos escenarios, pero sí lo tomó sin cuidados y prevenciones especiales.

El joven héroe no había salido en esa ocasión a buscar aventuras, ni violencia, ni su muerte, no, esta última lo halló a él, cuando en  las Vísperas del Congreso Eucarístico, el 15 de septiembre de 1934, cerca de donde se alzaría la gran cruz que dominó las ceremonias, se lanzó osada, intrépida y heroicamente a defender a dos hombres que, en inferioridad de condiciones, estaban siendo atacados por una turba de comunistas; y al arrojarse, una bala impactó contra él derribándolo. Con todos los auxilios espirituales, horas más tarde, feneció.

A Jacinto, un joven noble, no lo amedrentó el número de sus adversarios, ni la inferioridad de sus propias condiciones, no le importó quienes eran los agredidos, no se dejó llevar por los miedos, sino que, con gran valentía se enfrentó a ellos, sabiendo que su victoria era inasequible. Se arrojó, en su nobleza, en defensa de sus ideales y por ellos entregó su vida y sus compañeros lo envidiaron. Jacinto sabía que sin lucha no se puede tener paz, y que no hay paz en el desorden y que la Paz es hija de la batalla sagrada.

Con Jacinto como ejemplo, nosotros no podemos amedrentarnos ante las amenazas de nuestros enemigos. Debemos recuperar aquel espíritu épico, aquella naturaleza que arde de pasión por las cosas de la Patria, tanto que está dispuesta a derramar toda su sangre para salvarla del abismo. Hay que morir por ella.Y no solo por ella, sino que también por Dios, puesto que no hay Patria sin Dios, y por la familia, que funda la Patria. Estos fueron, son y deben ser nuestros ideales, por ellos vivimos y por ellos, también, perecemos.

Fuente: Hernán Capizzano, cuya pluma es muy superior a la mía.

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