El mito liberal de la “Preexistencia de la Nación” – Por Rodrigo Álvarez Greco

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Aportes interpretativos para la discusión historiográfica actual

Artículo publicado originalmente en la Revista Gladius y cedido por el autor para su publicación en el sitio.

Introducción

Es común escuchar aún en los actos escolares –todavía impermeables a los avances y progresos que ha logrado la ciencia histórica en nuestra Argentina desde hace más de 80 años– que la argentinidad se hallaba latente durante la época colonial y que floreció durante el proceso de independencia. Dicho resultado, según este punto de vista, era el final anunciado y fatal en el que la América española debía desembocar más tarde o más temprano. Parafraseando al conocido investigador François Xavier Guerra, la historiadora argentina Josefina Mallo nos señala lúcidamente la paradoja de este dogma historiográfico:

“El planteamiento tradicional […] ha partido del hecho de que al final del proceso independentista aparecieron nuevos Estados y de que estos fundaron su existencia legal en la soberanía de la nación, suponiendo que este punto de llegada era un punto de partida”.

Sin embargo, tal hipótesis posee tantas lagunas y contradicciones internas que deberían hacer tambalear la seguridad y rigidez con que reina sobre las masas. En el presente trabajo intentaremos reflexionar acerca del principio de las nacionalidades siguiendo a los autores propuestos por la cátedra, pero haciendo un especial hincapié en los debates que esta cuestión ha provocado en la historiografía argentina.

La tesis de “preexistencia de la nación”

En un erudito artículo aparecido en la Revista Ravignani titulado “La Historia de Belgrano de Mitre y la problemática concepción de un pasado nacional”, Elías Palti analiza minuciosamente las contradicciones internas de la obra de Bartolomé Mitre, comúnmente considerado progenitor de la historiografía argentina. Nos advierte Palti que en ciertas ediciones posteriores de la Historia de Belgrano, el autor de la misma desarrolla su tesis de la “preexistencia de la nación” con el fin de dar una mayor densidad filosófica a su obra. Dice Mitre:

“La revolución argentina lejos de ser el resultado de una inspiración personal, de la influencia de un círculo, o de un momento de sorpresa, fue el producto espontáneo de gérmenes por largo tiempo elaborados, y la consecuencia inevitable de la fuerza de las cosas”.

Como vemos, podemos hallar en el pensamiento político y filosófico de Mitre lugares comunes que pertenecen al ideario romanticista que había dominado intelectualmente a Europa algunas décadas atrás. Para el romanticismo, la nación se define, objetivamente, como una unidad de lengua, raza, religión, geografía, etc. En torno a estas realidades homogeneizantes es forzoso y necesario –por una especie de fatalismo histórico– que surjan las naciones tal y como las conocemos modernamente. Este es el ideario que estaba detrás de los movimientos nacionalistas liberales que bregaron por la unidad de Alemania o de Italia. Para los intelectuales del Risorgimento, por ejemplo, la nación italiana preexistía a las provincias y reinos en que estaba dividida la península. El alma de este ideario, Giuseppe Mazzini, evidencia una concepción progresista de Italia mixturada con un fuerte utopismo romántico:

“Los hombres sintieron que la iniciativa del movimiento (revolucionario) se divulgaba entre el pueblo de Italia y se abría así un nuevo período de vida para el cual el punto de apoyo debía ser la libertad, para lograr finalmente de la unidad de la patria. Es evidente que la libertad no podía implantarse en una provincia del reino de Nápoles sin difundirse a las otras: era claro que, por la misma esencia y naturaleza de los elementos allí reunidos y por la fuerza lógica de las cosas, Garibaldi hubiese desembarcado más tarde o más temprano en la península itálica y forzosamente hubiese vencido”.

Mazzini parece anticiparse a la tesis mitrista de la Historia de Belgrano, según la cual la nacionalidad argentina estaba latente durante la etapa colonial y aguardaba la llegada de los tiempos propicios que la condujeran a la emancipación y la autoconciencia.

Ahora bien, E. Palti vuelve a insistir en el dato de que estas disquisiciones son posteriores a la primera edición de la Historia de Belgrano. Más específicamente, corresponden a la tercera edición, impresa y puesta en circulación en 1876. Según el investigador, esto corresponde a un intento de Mitre por dar una impresión de fundamentación filosófica a sus escritos.

Sin embargo, estos agregados posteriores hacen resaltar las contradicciones y tensiones internas de la obra. Señala un caso por demás elocuente: nos referimos a la disputa entre Mitre y Vélez Sársfield en torno a la “desobediencia” de Belgrano en el año XII. Según éste, la desobediencia del prócer era injustificable, pues la independencia de las provincias del Norte forzosamente se hubiese logrado, más tarde o más temprano. Tal hipótesis guarda estrecha relación con el concepto evolucionista que tenía de las naciones el liberalismo romántico de mediados del siglo XIX. Lo hemos visto a las claras en el fragmento anteriormente citado de Giuseppe Mazzini. Empero, Mitre se enfrenta a esta postura alegando que sí, aunque “la independencia fuese un hecho fatal”, no puede dejar de advertirse que “su resultado habría sido muy diverso para la nacionalidad”. Según esta idea, afirma:

“…no puede desconocerse, aun suponiendo como se dice que el ejército invasor no hubiese pasado de Córdoba en aquella ocasión, que las Provincias de Tucumán y Salta se perdían para la Nación, como se perdió el Alto Perú, a pesar de la decisión con que se respondió al llamamiento de Buenos Aires y del propósito en que perseveró por largo tiempo de formar con nosotros un cuerpo de nación. Esto ocurrió porque abandonamos el teatro de guerra por varias ocasiones, entregándolo al enemigo, separando esfuerzos y produciendo así una solución de continuidad que determinó una nueva nacionalidad (…). Toda solución de continuidad de la revolución ha dado siempre el mismo resultado: en el Paraguay, en la Banda Oriental, como en el Alto Perú”.

Con esta nutrida afirmación, Mitre contradice por completo su tesis anterior acerca de la “preexistencia de la nación”. En efecto, si la nación argentina “preexistía” durante la etapa colonial hasta que lograse la autoconciencia, ¿cómo se puede conciliar esta idea con la realidad histórica de que hechos contingentes puedan haber modificado los límites y alcances de dicha nacionalidad? Por otro lado, ¿no deberían “preexistir” también las naciones paraguaya, uruguaya y boliviana del mismo modo que la argentina? Evidentemente, este principio contradice la afirmación de que perdimos el Alto Perú “para la Nación” por haber abandonado el teatro de guerra entregándolo al enemigo.

Este tipo de contradicciones internas del texto mitrista manifiestan claramente la indeterminación filosófica de un movimiento como el romanticismo, que guarda mejor relación con los elementos afectivos y emocionales del hombre decimonónico que con su intelecto y racionalidad. Lo mismo sostiene el historiador José Carlos Chiaramonte en su ensayo La formación de los estados nacionales en Iberoamérica hablando acerca de esta corriente de pensamiento, de la cual es deudor Bartolomé Mitre:

“Pero aproximadamente luego de 1830 se registra ya el influjo del principio de las nacionalidades y comienzan a formularse proyectos de organización o de reforma estatal en términos de nacionalidad. Congruentemente, los intelectuales instalarían esa cuestión en la cultura de sus respectivos países, y la preocupación por la existencia y las modalidades de una nacionalidad sería de allí en más predominante en el debate cultural. Sin embargo, a excepción de Brasil, el resto de los pueblos iberoamericanos poseía un serio obstáculo para reunir las condiciones exigidas por aquel principio. Y testimoniarían, pero en esto también como Brasil, que en realidad sus respectivas nacionalidades, y su figura en el respectivo imaginario, es un producto, no un fundamento, de la historia del surgimiento de los Estados nacionales. El obstáculo, paradójicamente, no era el de no poseer rasgos definidos de homogeneidad cultural sino el de compartirlos de un extremo al otro del continente. Si el principio de las nacionalidades hubiera debido aplicarse no podía ser de otra forma que en una sola nación hispanoamericana”.

En la otra punta del planeta y en aquellos mismos años, el pensador positivista francés Ernest Renán elaboraba ya una crítica perspicaz del principio de las nacionalidades. En una notable conferencia pronunciada en 1888, traída a colación por E. Palti en su trabajo, Renán se encargó de refutar con precisión el concepto liberal y romántico de las nacionalidades. En su reseña del desarrollo de las diversas nacionalidades europeas, Renán mostraba claramente que ninguno de los supuestos factores en que la nacionalidad se basa (como la unidad de lengua, raza, religión, geografía, etc.) puede explicar per se cómo las naciones se formaron y delimitaron mutuamente. Frente a cualquier criterio que pretendía utilizarse para definir “objetivamente” una nación, Renán encontraba siempre contraejemplos que lo refutaban (es decir, de naciones que albergaban pluralidad de razas, o lenguas; o bien, de razas o lenguas compartidas por naciones que eran, no obstante, claramente diversas entre sí).

Tal el caso, verbigratia, de las naciones americanas que otrora fueron parte integrante de la Monarquía Española: hay menores y más irrelevantes diferencias entre Paraguay, Uruguay y la Argentina que entre los pueblos y regiones que componen lo que hoy llamamos Italia. Mientras aquí hay comunidad de raza, credo, idioma e historia (todos los componentes que, teóricamente, definirían una nación de forma “objetiva”), allí en cambio hay graves diferencias de idioma, raza, historia e incluso en el ámbito de lo religioso entre ciudades como Milán y Nápoles.

Por estas razones, prosigue el pensador francés, a fin de constituirse como un todo homogéneo y distinto, una nación debía antes ser capaz de rellenar sus fisuras internas y “olvidar” los antagonismos que la dividieron históricamente. Por eso llegaba a asegurar que así como el olvido, también la falsificación histórica era un factor esencial en la creación de una nación conformada según los presupuestos del liberalismo. De esta manera, Renán demuestra que sobre esta matriz iluminista y “subjetiva” de la política, la nacionalidad acabará siendo inevitablemente una construcción artificial.

Todo ello le hacía tomar otros caminos para resolver la cuestión y acudir a otros conceptos para definirla. Por ende, no es extraño que arriesgara una definición de nación que comparte poco y nada con el concepto liberal de la misma:

“Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, a decir verdad, no son más que una sola, constituyen este alma, este principio espiritual. Una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos, la otra el consentimiento actual, el deseo de vivir en común, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia indivisa que se ha recibido. El hombre, señores, no se improvisa. La nación, como el individuo, es la culminación de un largo pasado de esfuerzos, sacrificios y devoción”.

El criollismo y la búsqueda de un concepto más acorde

Comprobado que el concepto de nación, al menos entendido según los parámetros del liberalismo romanticista decimonónico, es incapaz de definir e interpretar la construcción de los Estados hispanoamericanos, intentaremos ahora buscar un concepto que sea más acorde. Para ello, nos valdremos de la ayuda que pueda aportarnos otra variable: la del criollismo. Este concepto, de amplias significaciones, constituyó durante las turbulentas dos primeras décadas del siglo XIX una realidad que, a nuestro juicio, es fundamental para entender las mentalidades y designios de los hombres de entonces.

Ahora bien, ¿qué es el criollismo? Para aventurar una definición de este concepto acudiremos al perito en literatura colonial José Antonio Mazzotti:

“Mazzotti definió el criollismo como un fenómeno cultural que se expresó a través de un modelo discursivo utilizado por las elites hispano-criollas del seiscientos, plasmado en crónicas conventuales, memoriales, informes y tratados jurídico-administrativos. En estos textos se observa un sentimiento compartido de pertenencia a la tierra americana y un mismo objetivo de igualarse a los españoles peninsulares y reivindicar sus intereses socio-políticos, dentro siempre de un contexto geopolítico imperial”.

Mazzotti nos propone aquí, a nuestro entender, una doble definición del concepto. Por un lado advierte acerca de su faceta discursiva y, quizás, más artificial. En este sentido, define el criollismo como un fenómeno cultural, fomentado y construido por las élites independentistas como forma de justificar su accionar político en aquellas circunstancias. Sin embargo, la definición no termina allí. Nos hace notar, por otro lado, lo que verdaderamente de real y auténtico podría tener esta palabra para describir la idiosincrasia de los pueblos hispanoamericanos. Nos señala cierto “sentimiento compartido de pertenencia a la tierra americana”, apuntalado por una serie de objetivos políticos comunes. Precisamente esta parte de la definición es la que nos interesa desarrollar.

En efecto, si bien, como dijimos anteriormente, es absurdo pretender que la argentinidad fuera algo real en la década de 1810, sin embargo podríamos llegar a admitir la existencia de un sentimiento común unificador entre los hombres que componían entonces el Imperio Español. Sin dudas existía una identificación con la Corona y con el Imperio, al punto tal de que los habitantes de la “muy leal e ilustre” ciudad de Buenos Aires fueran capaces de combatir por el rey y la religión durante las memorables jornadas de 1806 y 1807. Sin embargo, este hecho nos plantearía una evidente cuestión: ¿cómo el pueblo de Buenos Aires era capaz de batirse por el rey en 1807 y luego pretender su independencia y la de todo el virreinato diez años más tarde? Para responder a esta cuestión hay que penetrar la mentalidad de la época y advertir cuáles eran las lealtades y raigambres que conformaban el sentido de identidad de los protagonistas de aquellos años. Ante este dilema recurriremos al autor español François Xavier Guerra, que lúcidamente interpreta dicha realidad como un escalonamiento de las identidades políticas. Lo encontramos nuevamente parafraseado por la historiadora Josefina Mallo:

“Al respecto, el autor plantea que en el año de 1808, las identidades políticas americanas aparecían escalonadas en varios niveles, dando forma a una concepción plural de la realidad política de los reinos de las Indias: se era primero de un pueblo, luego de una villa o ciudad, posteriormente de una ciudad-provincia, de un reino y, finalmente, español […] A ello Guerra agrega un nivel de identidad política suplementario: el de los reinos de las indias considerados como un conjunto diferente de los reinos peninsulares, una concepción de la Monarquía formada por dos pilares iguales, léase uno europeo y otro americano”.

Siguiendo esta misma línea de interpretación, nos parece fundamental entrever el alcance del criollismo en la configuración de este escalonamiento de las identidades políticas. En resumidas cuentas, podríamos resumir lo criollo como la fusión y mestizaje de las culturas hispánica e indígena. En nuestro país, la cultura gauchesca representaría la manifestación más clara de esta mixtura. Empero, lo gauchesco está ya determinado por una serie de eventos y circunstancias históricas que han marcado a nuestra cultura de forma distinta de las demás naciones hispanoamericanas. Es por eso que lo gauchesco sería denominación acotada de lo criollo a la realidad argentina. Pues bien: esto, a nuestro entender, sería la clave para entender el sentimiento identitario de los hombres de la independencia. Como dice Guerra, en aquel entonces se era, primero que nada, vecino de un pueblo. Esta realidad representaba la primera lealtad y el primer arraigo de todo americano. Luego estaban las lealtades superiores, como los reinos, las provincias y los virreinatos. Estos también configuraban sus lealtades y características propias. En tercer lugar encontramos, característica peculiar de América por razones históricas, un sentimiento común de todos los americanos respecto del Reino de Indias, que había constituido tradicionalmente uno de los dos grandes pilares de la monarquía. Y recién en cuarto lugar hallamos la lealtad al rey y al Imperio. Esta serie de lealtades escalonadas, que iban desde lo más concreto y localista hacia lo más abstracto y abarcador, explicarían de forma mucho más satisfactoria el problema independentista. Allí residirá el motor principal de las revoluciones juntistas e independentistas, según nos advierte nuevamente Guerra. No hay, por tanto, una argentinidad que aparece por generación espontánea por la fatalidad del devenir histórico, según nos planteaba la tesis mitrista. Muy por el contrario, el móvil emancipador se concentrará en el conflicto entre las lealtades más directas con las más lejanas. Leamos a Guerra:

“El rechazo de esta representación [del Reino de Indias] por parte de los peninsulares, quienes a partir del siglo XVIII comenzaron a ver a los reinos indianos como meras colonias productoras, llevó a concebir a los territorios americanos como carentes de derechos políticos propios, dependientes ya no del rey –como los reinos hispanos– sino que de una metrópoli, es decir, de la España peninsular. De esta manera la desigualdad política y la lucha por el derecho de representación habrían sido el principal motor impulsor de conformación de Juntas en Iberoamérica”.

Esta identificación profunda con el ámbito local era, por tanto, el origen de las lealtades superiores, puesto que representaba la concreción real y palpable de todo lo que el Imperio Español representaba para un vecino de la ciudad de Jujuy, por poner un ejemplo. Esto nos ayudaría a dilucidar hasta qué punto era inviable un Estado unitario y centralizado en torno a un ideal nacionalista, como pretendieron establecer algunos pensadores de la época, pues la realidad americana estaba constituida por una riquísima amalgama de características e idiosincrasias propias de cada pueblo y región. El historiador José Carlos Chiaramonte nos advierte sobre este escenario en su ensayo La formación de los estados nacionales en Iberoamérica:

“La literatura política del tiempo de la Independencia aludía, justamente, a la retroversión del poder a “los pueblos”, en significativo plural que reflejaba la naturaleza de la vida económica y social de las Indias, conformada en los límites de las ciudades y su entorno rural… Esos pueblos que habían reasumido el poder soberano se habían también dispuesto de inmediato a unirse con otros pueblos americanos en alguna forma de Estado o asociación política de otra naturaleza, pero que no implicara la pérdida de esa calidad soberana”.

Por lo tanto, se nos hace forzoso buscar otro vocablo para identificar este arraigo tan propio y particular que identificaba a los hispanoamericanos allá en el amanecer del siglo XIX. Está visto que el término nación es anacrónico. Por otro lado, el concepto de criollismo, con su flexibilidad y singularidad, nos ayudaría a comprender mejor la mentalidad del momento. Y sin embargo, criollismo designa una realidad más bien cultural y discursiva, como decíamos comentando a Mazzotti. Es necesario, por ende, hallar un vocablo que tenga la suficiente elasticidad para abarcar todo lo que abarca lo criollo y la suficiente concreción para designar, a su vez, realidades más materiales de una nación como lo es, por ejemplo, el territorio. Para hallar esta palabra recordaremos lo que Ernest Renán decía para definir la nación:

“Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, a decir verdad, no son más que una sola, constituyen este alma, este principio espiritual. Una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos, la otra el consentimiento actual, el deseo de vivir en común”.

A nuestro entender, el vocablo que mejor expresaría lo que Renán nos intenta decir es el de patria. Este término, tan español como romano, designa de forma precisa y a la vez flexible todas aquellas realidades espirituales que conforman ese bagaje cultural, político y social que es el alma de una comunidad, cualquiera sea su envergadura. La patria es, principalmente, herencia común e historia. Pero al mismo tiempo, este término designa una realidad concreta, pues los antiguos la entendían como la “tierra de los padres”, es decir, el territorio específico que los antecesores nos habían legado esforzadamente y en el cual habían muerto. Patria, por tanto, podría significar tanto la “patria chica” que es el pueblo, como la “Patria Grande”, que es la expresión con que los libertadores denominaron a la América Española que pretendía independizarse.

En efecto, la patria –no en el sentido de “nación”, concepto moderno al que solemos asimilar la palabra “patria”– no es un ideal abstracto o romántico que incite, por mera sensibilidad, al heroísmo. Tal visión de la “patria” no suele conducir más que a un superficial y efímero patrioterismo, más acorde con las contiendas futbolísticas mundiales que con el acto supremo de donar la propia vida. La patria, pues, entendida en su compleja contextura, es un ideal que vincula el interés propio, familiar, gremial y común. Debemos intentar penetrar la cosmovisión de la época: para los hombres de aquél entonces, los intereses comunales –salvaguardar la propia autonomía respecto de las ciudades que pretendían constituirse en “capitales” – no se superponían ni estorbaban con el interés común del Reino de Indias –salvaguardar la autonomía respecto del “Estado Español” y conservar el mismo estatus jurídico–. Muy por el contrario, eran intereses que se relacionaban y vinculaban entre sí, confirmándose y fortaleciéndose mutuamente. Sin embargo, estos intereses patrióticos, en el sentido más estricto de la palabra, sí se encontraban en colisión con un Consejo de Regencia que pretendía reducirnos al status de colonia. Lo mismo puede decirse de la actitud del Rey Fernando VII al retornar de su cautiverio, cuando rechazó los movimientos juntistas americanos (1815), dándonos a entender finalmente que para la dinastía borbónica habíamos perdido el carácter de reino de la Corona Católica para pasar a ser un emporio comercial propiedad del Estado Español.

Nos atrevemos a afirmar, luego de todo lo analizado, que la palabra patria podría ser la clave interpretativa que nos guiara en una correcta y más empática intelección de los difíciles años en que vieron la luz las naciones hispanoamericanas.

Fuentes:

  • Palti, Elías. La Historia de Belgrano de Mitre y la problemática concepción de un pasado nacional. Buenos Aires, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, n° 21, semestre 1° año 2000. Págs. 75-98.
  • Guerra, Xavier François. El soberano y su reino. Reflexiones sobre la génesis del ciudadano en América Latina. Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.
  • Guerra, Xavier François. Modernidad e independencias: ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Madrid, Encuentro, 2009.
  • Mitre, Bartolomé. Historia de Belgrano y de la independencia argentina. Buenos Aires, Eudeba, 1968.
  • Mazzini, José. Escritos políticos. Selección de Franco Della Peruta. Turín, Editorial Einaudi, 1976.
  • Chiaramonte, José Carlos. La formación de los Estados nacionales en Iberoamérica. Buenos Aires, Boletin del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, 1997. Págs. 143–165.
  • Mallo, Josefina. Unidad didáctica VI. El rol de las elites y el rol de los sectores populares. La apelación a lo local: el criollismo. La Plata, Universidad Católica de La Plata, 2017.
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