Dejad que los muertos descansen en paz – por Juana Bosio Perrupato y Segundo Carafí

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Pero tu nombre está vivo
en labios del pueblo llano
y en esos claveles rojos
de todos tus legionarios.

¡Ay del que no teme nunca
las iras del pueblo llano!

El coraje de ese pueblo
será como un latigazo
que expulse a los fariseos
traidores y mercenarios.

Y España renacerá
al grito de ¡Franco, Franco!

Tu nombre será sentencia
para los que perjuraron,
y la paz y la justicia
del pueblo que espera en vano.

A Francisco Franco, José Luis Santiago

Españoles, Franco ha resucitado

Por Juan Manuel de Prada

La reciente sentencia del Tribunal Supremo, por la que se autoriza la remoción de los restos fúnebres de Franco, nos permite reflexionar sobre la desintegración del Derecho. La sentencia, desde el punto de vista de la racionalidad jurídica, es un atropello despepitado de la inviolabilidad de los lugares de culto, el derecho que asiste a las familias sobre las sepulturas de sus antepasados y el respeto debido a los muertos. No sólo se salta alegremente principios básicos de cualquier ordenamiento jurídico, sino que pisotea (digámoslo así) los fundamentos mismos de la civilización. Pues el elemento común a cualquier civilización que merezca tal nombre es el respeto a los muertos, incluso a quienes en vida fueron viles, pues los muertos nos recuerdan que somos frágiles y mortales; y todo afán justiciero se aplaca ante la gravedad definitiva de un cadáver. Por mucho que se disfrace con piruetas leguleyas y coartadas democráticas, el desenterramiento y traslado de los restos fúnebres de Franco es un ejercicio macabro de barbarie y resentimiento que nos devuelve a la selva.

En las épocas más oscuras de la Historia estas bestialidades se hacían por las bravas, porque los demonios del resentimiento vagaban libres y en porreta; ahora estas bestialidades se han vuelto atildaditas y asépticas, incluso con apariencia «respetuosa», porque los demonios del resentimiento se visten con toga y puñetas. Pero esta sentencia del Tribunal Supremo -como tantas otras evacuadas por este y otros órganos judiciales- nos prueba que el Derecho ha dejado de ser determinación de la justicia, para convertirse en un barrizal positivista nacido del arbitrio humano; o, dicho más exactamente, nacido del arbitrio del poderoso de turno, que utiliza las leyes y las sentencias judiciales para enmascarar sus pasiones. Si el Derecho todavía fuese, siquiera remotamente, determinación de la justicia, la mera posibilidad de desenterrar cadáveres causaría honda repugnancia moral; y no habría juez que se aviniese a dar cobertura legal a tal desafuero. Pero la justicia ha dejado de ser el fundamento del derecho positivo, y el poderoso de turno se convierte así en creador de un derecho que, por supuesto, ya no es expresión de la racionalidad jurídica, sino puro ejercicio del poder, acto de voluntad desenfrenada del Estado Leviatán; o, utilizando la escalofriante expresión hegeliana, «libertad del querer», puro nihilismo jurídico apoyado en conveniencias políticas cambiantes, cuando no en pulsiones y pasiones convenientemente disfrazadas de espantajos políticamente correctos. Porque nuestra época, tan atildadita, ya no puede permitir que los demonios vaguen libres y en porreta.

Contra quienes convierten la justicia en la decisión coyuntural e interesada del más fuerte ya nos advertía Platón en el libro IX de su diálogo Las leyes: «De cualquiera que esclavizase las leyes poniéndolas bajo el imperio de los hombres, sometiere la ciudad a una facción y despertase la discordia civil, hay que pensar que es el peor enemigo de la polis». Esta sentencia, que atropella la inviolabilidad de los lugares de culto, el derecho de las familias sobre las sepulturas de sus antepasados y el respeto debido a los muertos, es también el acta de resurrección de Franco, que nunca en los últimos años había estado tan vivo como hoy. Han resucitado a Franco, a la vez que han enterrado el Derecho. Y todo por resentimiento, el resentimiento de los hijos de papá cuyas familias medraron con Franco y que ahora, encaramados en las altas instituciones del Estado, necesitan inventarse una mitología antifranquista que sepulte la terrible verdad de sus vidas.


Lo que sucede en España con la exhumación de los restos de Francisco Franco, no es más que el desquite vengativo y público de la izquierda (que hoy gobierna España), con su verdugo durante la Guerra Civil española. Lo que no pudieron hacer con el Generalísimo vivo quienes lo enfrentaron, lo intentan hacer ya muerto, los mismos que hoy gozan de una España que no sería tal si no fuera por El Caudillo. Toda Europa Occidental hubiese sido cooptada por el comunismo marxista si Franco no los hubiera detenido en su intentona en España.

El movimiento izquierdista tiene una larga historia desenterrando a los muertos cristianos, que, claramente, no solo es exhumación, sino profanación. 

Este acto de venganza y de resentimiento no dista demasiado de lo que sucede actualmente con nuestros militares presos en Argentina. Héroes presos por defender a la Patria de la amenaza del terror, de la guerrilla y del comunismo, que hoy son enjuiciados y encarcelados por aquellos que disfrutan de la Argentina que nos dejaron. La izquierda nunca actúo diferente: siempre mostró su faceta más cobarde al tratar de tomar venganza tiempo después de las guerras.Lo que no pudieron hacer por las armas, lo intentan hacer a toda costa aprovechándose las bondades de una ley que manejan a su favor en nombre de la democracia.

La izquierda no cesa de transgredir todo límite, nuestros límites, mediante su agenda progresista que incluye laicismo puro, odio por la Iglesia, odio por la familia, odio por la historia, odio por la tradición, aborto, eutanasia, degeneración; desde acabar con los hijos de la Patria, hasta deshonrar a sus ancianos y profanar las tumbas de nuestros héroes. Quieren pueblos tibios, dormidos, sedados por el pacifismo, el ecologismo, la corrección política, ideas de liberación total y socialismo. 

Conocemos ya la importancia de los ritos fúnebres y de enterrar a nuestros difuntos, noción básica de cualquier cultura y especialmente para los católicos, que creen en la Resurrección y en la vida eterna. También conocemos cómo Antígona murió por cumplir con la ley de los dioses y enterrar a su hermano Polinices. Conocemos cómo Príamo se arriesga a ir al campamento de sus enemigos para rescatar el cuerpo profanado de su hijo Héctor en el vigésimo cuarto canto de la Ilíada.

Esta serie de oprobios no puede ser tolerada. El deber del cristiano es el de luchar siempre el buen combate y su esencia es naturalmente épica. Non Possumus. No podemos. No podemos dejar que nos pisoteen. No podemos permanecer dormidos. Ni aun traicionados por el clero, ni aun traicionados por las derechas. Debemos siempre luchar para que reine Cristo y para eso debemos combatir por la Justicia, por el Orden, por la Familia y por la Patria. “Sin lucha no se puede tener paz. La paz es hija de la batalla sagrada. La paz brota, como una flor intacta, del suelo en el que se han librado los buenos combates del Señor de los Ejércitos.” (Antonio Caponnetto, El deber cristiano de la lucha).

Saludamos, entonces, con dolor desde Argentina a nuestra Madre Patria, España, a los hombres valientes que en ella se mantienen firmes, luchando el buen combate y honramos la memoria del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gloria de Dios.

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